Curro Romero: el Faraón de Camas que convirtió el toreo en religión
Hay toreros que ganan corridas.
Hay toreros que llenan plazas.
Hay toreros que acumulan orejas, puertas grandes y tardes para la historia.
Y luego está Curro Romero.
Porque hablar de Curro Romero es difícil. No basta con explicar quién fue, enumerar sus triunfos o contar cuántas veces salió a hombros.
A Curro hay que sentirlo.
Durante décadas, miles de aficionados acudieron a una plaza sin saber qué Curro se encontrarían aquella tarde. Podía aparecer el silencio, la bronca, la desesperación…
O podía aparecer Dios vestido de luces.
Y cuando aparecía, todo lo demás dejaba de importar.
Curro Romero, el torero de Camas
Francisco Romero López, Curro Romero, nació en Camas, Sevilla, el 1 de diciembre de 1933.
Un lugar que acabaría quedando unido para siempre a su nombre.
Porque si Camas ya era tierra taurina, después de Curro se convirtió también en territorio de leyenda.
De allí salió aquel joven que en agosto de 1954 se vistió por primera vez de luces en La Pañoleta. Años después, el 18 de marzo de 1959, tomaría la alternativa en Valencia de manos de Gregorio Sánchez, con Jaime Ostos como testigo.
Pero aquellas fechas solo cuentan el comienzo.
Lo verdaderamente importante vendría después.
Curro Romero no terminaría siendo simplemente Francisco Romero López.
Se convertiría en el Faraón de Camas.
Curro Romero no toreaba como los demás
A muchos grandes toreros se les recuerda por su poder, su técnica, su valor o su regularidad.
A Curro se le recuerda por algo mucho más difícil de explicar:
la belleza.
Su toreo parecía funcionar a otra velocidad.
El capote caía.
El toro pasaba.
Curro esperaba.
Y de pronto algo que apenas duraba unos segundos podía quedarse décadas dentro de la memoria de quien lo había visto.
Especialmente con el capote, su nombre quedó ligado para siempre a la verónica, a la media verónica y a esa forma de templar que parecía ralentizar el tiempo.
No necesitaba hacer veinte cosas.
Le bastaba con hacer una de una manera que nadie pudiera olvidar.
Eso era Curro Romero.
No cantidad.
No ruido.
No perfección estadística.
Pureza.
El día que aparecía Curro
Parte de su leyenda nació precisamente de su contradicción.
Curro podía desesperar a una plaza y enamorarla poco después.
Fue amado y discutido con una intensidad reservada a muy pocos personajes. Existían los curristas, capaces de recorrer kilómetros esperando una de aquellas tardes, y quienes jamás entendieron semejante devoción.
Pero quizá ahí esté precisamente la grandeza del personaje.
Con Curro no había indiferencia.
Se podía salir enfadado.
Se podía salir emocionado.
Lo que era casi imposible era salir de la plaza sin sentir nada.
Y él mismo entendía que ese era uno de los grandes peligros para cualquier artista: dejar de interesar.
Curro jamás dejó de interesar.
Curro Romero y Sevilla: una historia de amor
Si existe una plaza capaz de explicar la dimensión de Curro Romero es la Real Maestranza de Caballería de Sevilla.
Curro y Sevilla terminaron perteneciendo a la misma historia.
El Faraón llegó a atravesar cinco veces la Puerta del Príncipe, uno de los reconocimientos más simbólicos que puede alcanzar un torero en la Maestranza.
Pero incluso las cinco Puertas del Príncipe se quedan cortas para explicar su relación con Sevilla.
Porque Curro no necesitó ganar todas las tardes para convertirse en su torero.
Sevilla entendió algo diferente.
Entendió que había días en los que una sola verónica podía justificar una entrada.
Un detalle podía justificar una tarde.
Y una faena podía justificar años de espera.
Curro Romero convirtió la espera en parte del espectáculo.
No se acudía únicamente a verlo.
Se acudía con la esperanza de que apareciera.
Cuando Curro Romero tocaba el cielo
El 19 de mayo de 1966 quedó grabado como una de esas tardes que engrandecieron todavía más su leyenda.
Curro se encerró con seis toros en Sevilla y cortó ocho orejas.
Pero reducir aquel Curro a ocho orejas sería cometer precisamente el error que siempre se comete al intentar explicar a los artistas con números.
Su dimensión iba por otro camino.
Lo importante era ese instante en el que torero, toro, plaza y silencio parecían encontrarse exactamente donde debían.
Ahí nacía el mito.
Por eso Curro podía hacer algo aparentemente contradictorio: fracasar muchas veces y, aun así, conseguir que la gente volviera.
Porque quien había visto una gran tarde suya sabía que existía algo que merecía la pena esperar.
Cinco Puertas del Príncipe, siete Puertas Grandes… y un mito imposible de contar
Su trayectoria dejó también registros extraordinarios.
Cinco salidas por la Puerta del Príncipe de Sevilla.
Siete salidas por la Puerta Grande de Las Ventas de Madrid.
Más de cuatro décadas de profesión.
Madrid y Sevilla.
Las dos plazas.
Dos aficiones completamente distintas.
Y el mismo hombre capaz de provocar fascinación en ambas.
Pero probablemente Curro Romero sea uno de los mejores ejemplos de por qué el toreo nunca podrá explicarse únicamente mediante estadísticas.
Porque su legado no está en una hoja de resultados.
Está en las conversaciones.
En las fotografías.
En los carteles antiguos.
En los recuerdos de quienes lo vieron.
En las historias que padres y abuelos siguen contando.
Y también en los objetos que sobrevivieron a aquellas tardes.
Un traje de luces de Curro Romero: vestir la historia del toreo
Y aquí es donde la historia deja de ser únicamente un recuerdo.
Porque existe algo especialmente emocionante en contemplar un traje de luces de Curro Romero.
No estamos hablando simplemente de una prenda taurina.
Estamos hablando de una pieza vinculada a uno de los nombres fundamentales de la historia del toreo.
Ver de cerca un traje de luces permite apreciar cosas que desde el tendido desaparecen.
Los bordados.
Los alamares.
La chaquetilla.
La taleguilla.
Los detalles.
El paso del tiempo.
Y, sobre todo, imaginar lo que representa.
Porque un traje puede guardarse dentro de un armario.
Pero uno que perteneció a Curro Romero guarda algo más.
Guarda una época.
Guarda plazas llenas.
Guarda silencios.
Guarda broncas.
Guarda verónicas.
Guarda Sevilla.
Es una pequeña parte material de un personaje que terminó superando a la propia persona.
El traje de luces del Faraón de Camas
Durante décadas, Curro Romero salió al ruedo vestido de luces, pero seguramente ningún bordado podía brillar tanto como lo hacía el torero cuando llegaba una de aquellas tardes.
Por eso contemplar hoy un traje de luces de Curro Romero tiene un significado especial para cualquier coleccionista o aficionado.
Es acercarse físicamente al Faraón de Camas.
A una de las figuras que mejor representa ese toreo sevillano basado en el gusto, la naturalidad, la personalidad y el arte.
Una pieza así no habla únicamente de tauromaquia.
Habla de historia del toreo.
El Faraón de Camas
Los apodos normalmente intentan engrandecer a una persona.
Con Curro ocurrió al revés.
Fue Curro quien terminó haciendo enorme su apodo.
El Faraón de Camas.
Porque hubo algo casi sobrenatural en la relación entre aquel hombre y su público.
Se le perdonaba.
Se le discutía.
Se le esperaba.
Se le veneraba.
Durante décadas hubo aficionados dispuestos a comprar otra entrada después de una mala tarde porque sabían que algún día podía volver a ocurrir.
Una media.
Una verónica.
Un natural.
Un instante.
Y entonces todos los enfados anteriores desaparecían.
Esa capacidad solo pertenece a los elegidos.
Curro Romero no necesitó ser perfecto para ser eterno
Quizá esta sea la mejor forma de entenderlo.
Curro Romero no construyó su leyenda siendo perfecto.
La construyó siendo irrepetible.
En un mundo obsesionado con la regularidad, Curro fue inspiración.
En un mundo de resultados, Curro fue sentimiento.
En un espectáculo donde el público exigía que ocurrieran cosas, Curro consiguió que miles de personas aprendieran a esperar.
Hasta que sucedía.
Y cuando sucedía…
ya no había discusión posible.
Por unos minutos, en una plaza de toros, Curro Romero era Dios.
Después volvía a ser Curro.
El de Camas.
El Faraón.
El torero al que probablemente nunca terminaremos de explicar porque los grandes artistas no están hechos para ser explicados.
Están hechos para ser recordados.
Y Curro Romero hace mucho tiempo que dejó de pertenecer únicamente a la historia del toreo.
Pertenece a la leyenda.
Preguntas frecuentes sobre Curro Romero
¿Quién es Curro Romero?
Curro Romero, cuyo nombre completo es Francisco Romero López, es uno de los toreros más importantes y singulares de la tauromaquia española. Su personalidad artística y su particular concepto del toreo lo convirtieron en una auténtica figura de culto entre los aficionados.
¿Dónde nació Curro Romero?
Curro Romero nació en Camas, Sevilla, el 1 de diciembre de 1933. Por este motivo es conocido universalmente como el Faraón de Camas.
¿Cuándo tomó la alternativa Curro Romero?
Curro Romero tomó la alternativa el 18 de marzo de 1959 en Valencia, con Gregorio Sánchez como padrino y Jaime Ostos como testigo.
¿Por qué llaman a Curro Romero el Faraón de Camas?
El apodo une la enorme dimensión que alcanzó su figura dentro del toreo con su localidad natal, Camas. Con el paso de las décadas, el Faraón de Camas terminó convirtiéndose en una de las denominaciones más reconocibles de la historia taurina española.
¿Cómo era el toreo de Curro Romero?
Su toreo destacó especialmente por la naturalidad, el temple, la personalidad y una estética absolutamente propia. Sus verónicas y medias verónicas forman parte de las imágenes más recordadas de su carrera.
¿Qué valor tiene un traje de luces de Curro Romero?
Más allá de su posible valor económico o como pieza de coleccionismo, un traje de luces de Curro Romero posee un enorme interés histórico y taurino por su vinculación con una de las grandes leyendas del toreo español.





